“Quédate en casa, mamá, queremos descansar sin tener que cuidarte”, dijo mi hija antes de cerrar la puerta del coche y marcharse con todos. Hasta se llevaron el pastel que preparé para mis nietos. Yo sólo recogí mi maleta, abrí el cajón donde guardaba los documentos de más de 30 años y marqué un número. Esa misma tarde, una llamada desde la casa convirtió sus vacaciones en una pesadilla.

—Me dijo que todo se habría arreglado si tú no hubieras vendido la casa —murmuró.

—¿Y tú qué crees?

Tardó en contestar.

—Que estaba esperando que algún día esa casa fuera nuestra para usarla como salvavidas.

Asentí.

Eso era exactamente lo que Ernesto había temido.

—Voy a separarme de él.

No celebré.

Seguía siendo el padre de mis nietos.

Y, por mucho daño que hubiese hecho, ver fracasar el matrimonio de mi hija no me producía felicidad.

—Lo siento, Claudia.

—Yo también.

Me tomó la mano.

—Mamá… lo que te hicimos aquel sábado fue horrible.

No dije nada.

—No fue Mauricio solamente. Yo fui la que te dijo que estorbabas. Lo pensé. Me convencí de que tenía derecho a tu comida, tu casa y tu ayuda, pero no a tener paciencia contigo. No sé en qué momento me convertí en esa persona.

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