—Me dijo que todo se habría arreglado si tú no hubieras vendido la casa —murmuró.
—¿Y tú qué crees?
Tardó en contestar.
—Que estaba esperando que algún día esa casa fuera nuestra para usarla como salvavidas.
Asentí.
Eso era exactamente lo que Ernesto había temido.
—Voy a separarme de él.
No celebré.
Seguía siendo el padre de mis nietos.
Y, por mucho daño que hubiese hecho, ver fracasar el matrimonio de mi hija no me producía felicidad.
—Lo siento, Claudia.
—Yo también.
Me tomó la mano.
—Mamá… lo que te hicimos aquel sábado fue horrible.
No dije nada.
—No fue Mauricio solamente. Yo fui la que te dijo que estorbabas. Lo pensé. Me convencí de que tenía derecho a tu comida, tu casa y tu ayuda, pero no a tener paciencia contigo. No sé en qué momento me convertí en esa persona.