Me dieron 72 horas donde 14 cuidadoras huyeron y me recibieron con una silla volando por la ventana. Cuatro niños rompían todo arriba mientras abajo no había ni un juguete a su altura, y el mayor me dijo “Los adultos siempre dicen que se quedan. Después desaparecen”. Atrapé la pelota, puse mis reglas y pregunté por la habitación de su madre cerrada cuatro años.

Muchas veces estaba preguntando si alguien pensaba quedarse.

Alejandro continuó.

Habían encerrado a una cuidadora en un vestidor. Leo había activado una alarma de incendios. Bruno escondía teléfonos. Mateo llevaba semanas negándose a hablar con los tutores. Daniel desmontó una cerradura para comprobar, según él, “si realmente servía para algo”.

—¿Y por qué las otras se fueron?

—Porque mis hijos consiguieron que se fueran.

Elena negó suavemente.

—Eso no responde a la pregunta.

Alejandro la estudió.

Antes de que pudiera contestar, una voz gritó desde arriba:

—¡PAPÁ! ¡YA HA LLEGADO!

Algo salió disparado por encima de la barandilla.

Elena levantó una mano y atrapó una pelota de béisbol a pocos centímetros de su cara.

4 cabezas aparecieron en el piso superior.

Mateo miró la pelota.

Después la miró a ella.

—La ha cogido.

Elena lanzó la pelota hacia arriba.

Leo la atrapó.

—¿Eso debía hacer que renunciara?

Nadie respondió.

Elena sonrió.

—Entonces tendréis que esforzaros más.

Los 4 niños desaparecieron.

Detrás de ella, Alejandro murmuró:

—Eso mismo dijo la cuidadora número 14.

Y Elena comprendió que aquellas 72 horas no iban a ser una prueba para descubrir si podía controlar a 4 niños.

Iban a servir para descubrir por qué necesitaban desesperadamente demostrar que todos los adultos terminaban marchándose.

PARTE 2

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