—Eso parecía una silla.
—Era pequeña.
Dentro, la casa estaba impecable y extrañamente vacía. No había juguetes en el salón ni fotografías familiares a la altura de los niños. Parecía un hotel caro donde nadie hubiese vivido de verdad.
Entonces apareció Alejandro Valdés.
Tenía 42 años, dirigía un poderoso grupo de inversión y seguridad privada y acumulaba titulares que oscilaban entre empresario, mediador y hombre al que nadie deseaba tener como enemigo.
Sus hijos eran Mateo, de 11 años; Bruno, de 9; Daniel, de 7; y Leo, de 6.
Su madre, Clara, había fallecido 4 años antes.
—No son malos niños —dijo Alejandro.
—Me alegra.
—Están enfadados.
Elena cambió de expresión.
Eso sí lo entendía.
Llevaba 11 años trabajando con menores que habían atravesado pérdidas, familias rotas y situaciones difíciles. Sabía que un niño enfadado casi nunca estaba diciendo únicamente “estoy enfadado”.