—Quédate.
—No puedo hacerlo de cualquier manera.
—Te duplicaré el sueldo.
—No hablo de dinero.
Aquello era casi absurdo porque había llegado precisamente por dinero.
Pero ya no era la cuestión.
—Si me quedo, no será para impedir que tus hijos rompan cosas mientras tú sigues desapareciendo en reuniones.
Alejandro endureció la mandíbula.
—Tengo una empresa que dirigir.
—Y 4 hijos que llevan años calculando si llegarás a cenar.
—Vivo aquí.
—Eso es una dirección. No significa que estés presente.
La frase le dolió.
Elena no retrocedió.
Le pidió algo concreto.
1 desayuno fijo cada semana.
1 tarde únicamente para ellos.
10 minutos cada noche cuando estuviera en Madrid.
Si iba a faltar, debía avisar.
Nada de promesas imposibles.
Solo rutinas que pudiera cumplir.
Y había otra condición.
La puerta del ala oeste debía abrirse.
Alejandro discutió.
Después miró a sus hijos.