Me dieron 72 horas donde 14 cuidadoras huyeron y me recibieron con una silla volando por la ventana. Cuatro niños rompían todo arriba mientras abajo no había ni un juguete a su altura, y el mayor me dijo “Los adultos siempre dicen que se quedan. Después desaparecen”. Atrapé la pelota, puse mis reglas y pregunté por la habitación de su madre cerrada cuatro años.

Alejandro también.

Duró apenas unos segundos.

Pero los 4 niños lo miraron.

Llevaban años escuchando a su padre dar instrucciones.

Casi habían olvidado cómo sonaba su risa.

Esa noche, durante la cena, Leo comentó:

—A mamá también le gustaba más esta mesa.

Todos quedaron quietos.

Habían dejado de utilizar el enorme comedor y estaban alrededor de una mesa redonda mucho más pequeña.

—Decía que en la mesa grande los espaguetis parecían tristes —añadió Leo.

Daniel asintió.

Bruno miró a su padre.

—¿Te acuerdas?

Alejandro tragó saliva.

—Sí.

Mateo se levantó.

—No tengo hambre.

Se marchó.

Más tarde, Elena explicó a Alejandro lo que veía.

—No están comprobando si puedo soportarlos.

—¿Entonces?

—Quieren saber si seguiré aquí cuando vea su peor versión.

—Las otras cuidadoras se fueron porque les hicieron cosas terribles.

—Bruno me explicó por qué.

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