A las 18:00 habían terminado sus 72 horas.
Alejandro le ofreció un contrato nuevo.
Ella puso 4 condiciones.
La habitación permanecería abierta.
Habría tiempo familiar protegido.
Ella jamás sustituiría a Clara.
Y Alejandro tendría que buscar ayuda profesional para trabajar su propio duelo.
—Eso último es asunto mío.
—Entonces buscarás otra cuidadora.
—¿Me estás chantajeando?
—Estoy explicando mis condiciones laborales.
Alejandro la miró durante varios segundos.
Después soltó una carcajada.
—De acuerdo.
Elena aceptó quedarse.
Pero se marchó 2 días después para acompañar a Julia en el hospital.
Los 4 niños salieron a despedirla.
—Volveré el martes a las 07:30 —prometió.
Leo señaló a su padre.
—Apúntalo.
Alejandro sacó el móvil.
Mateo permaneció atrás.
—Si tu hermana te necesita, no tienes que volver exactamente a esa hora.
Elena comprendió lo enorme que era aquella frase.
Por primera vez, Mateo aceptaba que alguien podía marcharse para cuidar a otra persona sin que eso significara abandonarlo.
La operación de Julia salió bien.
El martes, a las 07:29, Elena aparcó frente a la casa.
A las 07:30 se abrió la puerta.
Leo salió corriendo en pijama.
Bruno apareció detrás.
Daniel llevaba un libro.
Mateo fue el último.
—Has vuelto.
Solo dijo eso.
—Dije que volvería.
Mateo tomó su bolsa y entró.
Aquellas 3 palabras valieron más que cualquier abrazo.
El contrato definitivo de Elena incluía sueldo estable, vacaciones y responsabilidades claras. También incorporaba terapia para los niños, sesiones familiares y horarios protegidos.
Alejandro había empezado terapia él mismo.
Lo odiaba.
Eso hizo reír a Elena.
—Entonces probablemente funciona.
Los meses siguientes no transformaron mágicamente a nadie.
Bruno continuó probando límites.
Daniel seguía corrigiendo a cualquiera cuando creía que un dato era incorrecto.