Me dieron 72 horas donde 14 cuidadoras huyeron y me recibieron con una silla volando por la ventana. Cuatro niños rompían todo arriba mientras abajo no había ni un juguete a su altura, y el mayor me dijo “Los adultos siempre dicen que se quedan. Después desaparecen”. Atrapé la pelota, puse mis reglas y pregunté por la habitación de su madre cerrada cuatro años.

Bruno añadió:

—Había un piano.

Mateo llegó el último.

No dijo nada.

Elena miró a los 4.

—¿Por qué está cerrada?

Bruno señaló hacia el despacho.

—Papá.

Elena encontró a Alejandro terminando una videollamada.

—Necesito la llave de la habitación del ala oeste.

El rostro de él cambió inmediatamente.

—No.

—Tus hijos están sentados delante de esa puerta.

Alejandro se quedó inmóvil.

—No pienso hablar de asuntos familiares con una empleada.

—Perfecto.

Elena se apartó.

—Entonces habla de ellos con tu familia.

25 minutos después, Alejandro subió.

No abrió la habitación.

Prometió hacerlo el viernes.

El contrato de Elena terminaba el miércoles.

Aquello no pasó desapercibido para nadie.

Esa misma tarde, mientras buscaba cartulinas para Daniel, Elena encontró varias cajas marcadas con las iniciales de Clara. Una estaba rota.

Dentro aparecieron libros infantiles, partituras, fotografías y decenas de pequeños sobres con estrellas dibujadas.

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