Pero fue demasiado lejos.
Retiró fotografías.
Guardó libros.
Cerró el piano.
Escondió la ropa de Clara.
Y finalmente cerró su habitación.
Lo que debía durar unas semanas duró 4 años.
Mientras Alejandro intentaba evitar que sus hijos sufrieran recordando, ellos interpretaron otra cosa.
Que su madre era un tema prohibido.
Que sentir tristeza incomodaba a su padre.
Que las personas podían desaparecer de una casa y todos debían continuar como si nunca hubiesen estado allí.
El martes ocurrió un cambio pequeño.
Elena convenció a los niños de desayunar tortitas en la cocina.
Alejandro bajó antes de una reunión.
Mateo estaba sujetando la espátula al revés.
—Vas a quemarlas —dijo su padre.
—Sé cocinar.
—Estás usando la espátula del revés.
Mateo miró su mano.
Bruno empezó a reír.
Daniel lo siguió.
Leo terminó riéndose sin saber exactamente por qué.
Alejandro también.
Duró apenas unos segundos.
Pero los 4 niños lo miraron.
Llevaban años escuchando a su padre dar instrucciones.
Casi habían olvidado cómo sonaba su risa.
Esa noche, durante la cena, Leo comentó:
—A mamá también le gustaba más esta mesa.
Todos quedaron quietos.
Habían dejado de utilizar el enorme comedor y estaban alrededor de una mesa redonda mucho más pequeña.
—Decía que en la mesa grande los espaguetis parecían tristes —añadió Leo.
Daniel asintió.
Bruno miró a su padre.
—¿Te acuerdas?
Alejandro tragó saliva.
—Sí.
Mateo se levantó.
—No tengo hambre.
Se marchó.
Más tarde, Elena explicó a Alejandro lo que veía.
—No están comprobando si puedo soportarlos.
—¿Entonces?
—Quieren saber si seguiré aquí cuando vea su peor versión.
—Las otras cuidadoras se fueron porque les hicieron cosas terribles.