—Nada.
Daniel apareció detrás.
—Era la sala de mamá.
Bruno añadió:
—Había un piano.
Mateo llegó el último.
No dijo nada.
Elena miró a los 4.
—¿Por qué está cerrada?
Bruno señaló hacia el despacho.
—Papá.
Elena encontró a Alejandro terminando una videollamada.
—Necesito la llave de la habitación del ala oeste.
El rostro de él cambió inmediatamente.
—No.
—Tus hijos están sentados delante de esa puerta.
Alejandro se quedó inmóvil.
—No pienso hablar de asuntos familiares con una empleada.
—Perfecto.
Elena se apartó.
—Entonces habla de ellos con tu familia.
25 minutos después, Alejandro subió.
No abrió la habitación.
Prometió hacerlo el viernes.
El contrato de Elena terminaba el miércoles.
Aquello no pasó desapercibido para nadie.
Esa misma tarde, mientras buscaba cartulinas para Daniel, Elena encontró varias cajas marcadas con las iniciales de Clara. Una estaba rota.
Dentro aparecieron libros infantiles, partituras, fotografías y decenas de pequeños sobres con estrellas dibujadas.
Las notas de Clara nunca habían desaparecido.
Alejandro las había guardado.
Un sobre era diferente.
Llevaba su nombre.
Debajo había una frase:
“Cuando los niños estén preparados para recordar contigo.”
Elena no lo abrió.
Alejandro apareció en la puerta.
Al ver la carta perdió por primera vez aquella expresión de hombre capaz de controlar cualquier situación.
—¿La has leído? —preguntó Elena.
—No.
—Han pasado 4 años.
—Lo sé.
—¿Por qué?
Alejandro miró el sobre como si pesara toneladas.
—Porque tengo miedo de que diga que lo he hecho todo mal.
Aquella respuesta modificó la imagen que Elena tenía de él.
No era indiferencia.
Era miedo convertido en control.
Después de perder a Clara, Alejandro había seguido todos los consejos que le parecieron razonables: mantener horarios, conservar la rutina, contratar profesionales, impedir que la casa se convirtiera en un monumento permanente al duelo.