Pero Mateo apenas sonreía.
El niño había dejado de pedir cuentos por la noche porque su padre siempre respondía lo mismo: «Hoy no puedo, mañana». Había dejado de correr hacia la puerta cuando oía llegar un coche. Y desde hacía meses no soportaba que nadie lo abrazara demasiado tiempo.
Adrián lo veía, pero prefería llamarlo “una etapa”.
Aquella semana había contratado a Lucía Navarro, una enfermera de 24 años que aceptaba turnos privados mientras preparaba una oposición. Era discreta, paciente y hablaba con Mateo sin tratarlo como si estuviera roto. Adrián apenas le había dedicado 10 minutos el primer día. Solo preguntó por referencias, horarios y experiencia.
No supo que Lucía compaginaba estudios y trabajos para ayudar a su madre durante una larga recuperación. Tampoco supo que, cuando Mateo se despertaba sobresaltado, ella no lo llenaba de preguntas. Se sentaba cerca, esperaba y le decía que podía hablar cuando quisiera.