A las 23:38, camino de una reunión urgente en un hotel del Paseo de la Castellana, Adrián descubrió que había dejado su portátil en el despacho. Dio la vuelta y regresó convencido de que tardaría menos de 5 minutos.
Al abrir la puerta, solo vio una lámpara encendida en el salón.
Entonces la encontró.
Lucía dormía sentada en el sofá, agotada, con la cabeza apoyada contra un cojín. Mateo estaba acurrucado sobre ella, abrazado a su cintura con una fuerza desesperada. Una de las manos de la joven descansaba sobre la espalda del niño, como si incluso dormida siguiera protegiéndolo.
Adrián se quedó inmóvil.
Mateo no permitía que nadie lo sostuviera así desde la pérdida de Elena.
El portátil se le resbaló de la mano y golpeó la alfombra. Ni siquiera ese ruido despertó al pequeño.
Adrián se acercó y vio algo que le dejó sin aire: Mateo sonreía mientras dormía.
Se arrodilló junto al sofá.
En ese instante, Lucía abrió los ojos. Al reconocerlo, se incorporó sobresaltada.
—Señor Vega, perdón. Mateo llevaba casi 2 horas inquieto. Cuando por fin se durmió no quiso soltarme. Sé que esto puede parecer poco profesional. Si quiere, mañana mismo…
Adrián levantó una mano.
Pero antes de responder, una voz dura sonó desde la entrada.
—Pues sí que parece poco profesional.
Su madre, Teresa, acababa de entrar con su propia llave y miraba a Lucía como si hubiera sorprendido algo imperdonable.
Y lo primero que dijo fue:
—Esa chica sale de esta casa esta misma noche.