PARTE 1
La noche en que Adrián Vega volvió a su casa por un ordenador olvidado, descubrió que su hijo de 5 años dormía abrazado a una mujer a la que él apenas conocía… y sintió una vergüenza que ningún millón podía ocultar.
Adrián tenía 42 años, dirigía un grupo tecnológico con oficinas en Madrid y Barcelona, y vivía en un chalet de La Moraleja donde todo parecía impecable: mármol claro, cuadros caros, un jardín cuidado al milímetro y habitaciones enormes. Desde que su esposa, Elena, había fallecido 2 años antes tras una enfermedad fulminante, se había convencido de que lo mejor para Mateo era que nunca le faltara nada.
Le compraba juguetes que el niño no abría. Pagaba el mejor colegio. Contrataba profesionales recomendados. Organizaba su vida desde una agenda electrónica como si el dolor también pudiera administrarse.