Quizá el niño ya lo entendía demasiado bien.
—No sabía que preguntaba esas cosas.
—No se las pregunta a usted porque teme escuchar una respuesta que no le guste.
Adrián quiso justificarse. Una empresa con cientos de empleados no se dirigía sola. Después de perder a Elena, detenerse significaba pensar, y pensar significaba recordar el hospital y la silla vacía en la cocina.
Pero comprendió que sus razones podían ser comprensibles y, aun así, estar haciendo daño.
Mateo se removió.
—Papá.
Adrián se inclinó.
—Estoy aquí.
El niño lo miró con sueño.
—¿De verdad?
Aquellas 2 palabras lo desarmaron.
Adrián extendió la mano sin tocarlo.
—Sí. De verdad.
Mateo miró a Lucía. Ella asintió.
Entonces el pequeño dejó una mano sobre la de su padre.
No fue un abrazo ni una reconciliación milagrosa.
Solo una mano pequeña.