Adrián seguía teniendo dinero y poder.
Lo que había perdido era la certeza de que podía resolverlo todo con ambos.
Nunca olvidó la imagen de su hijo dormido en brazos de Lucía, aferrado a ella como a un refugio. Al principio creyó que aquella escena demostraba su fracaso.
Con el tiempo entendió que había sido una oportunidad.
Lucía no había llegado para sustituir a una madre ni para quitarle a un padre el cariño de su hijo. Había aparecido para mostrarle algo que llevaba 2 años evitando: Mateo no necesitaba una casa más grande, otro juguete, un colegio más caro ni un futuro perfectamente planificado.
Necesitaba que su padre estuviera presente en su vida real.
Y Adrián, que había pasado años creyendo que el éxito consistía en no detenerse nunca, descubrió que la decisión más importante de su vida había empezado la noche en que volvió a casa por un portátil olvidado… y decidió quedarse.