Yo volví a las 23:38 por un portátil olvidado y hallé a mi hijo de 5 años abrazado a la cuidadora, sonriendo por primera vez en dos años. Mi madre entró y soltó: “Esa chica sale de esta casa esta misma noche.” Cancelé la reunión millonaria, apagué el móvil y la eché. En la mesa quedaba la carpeta del internado con mi firma lista.

Adrián se detuvo.

—Lo sé.

—Yo siempre decía que lo hacía por la familia.

—¿Y bastaba?

Teresa tardó en responder.

—No.

Fue suficiente.

Nunca volvió a mencionar el internado.

Lucía seguía visitándolos algunos jueves. Ya no llevaba uniforme. A veces tomaba un café con Adrián mientras Mateo hacía los deberes y luego los 3 cenaban algo sencillo.

Entre Adrián y Lucía nació una confianza profunda, pero ninguno quiso convertirla deprisa en otra cosa. Ella nunca intentó ocupar el lugar de Elena. Él nunca se lo pidió.

El recuerdo de Elena empezó a dejar de ser un tema prohibido.

En el cumpleaños de Mateo, el niño pidió la tarta de limón que hacía su madre. Adrián buscó la receta durante 2 horas hasta encontrar una libreta antigua.

La tarta salió torcida y demasiado ácida.

Mateo se rio.

Lucía también.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *