Yo volví a las 23:38 por un portátil olvidado y hallé a mi hijo de 5 años abrazado a la cuidadora, sonriendo por primera vez en dos años. Mi madre entró y soltó: “Esa chica sale de esta casa esta misma noche.” Cancelé la reunión millonaria, apagué el móvil y la eché. En la mesa quedaba la carpeta del internado con mi firma lista.

La diferencia fue que dejó de intentar comprar el perdón con regalos.

Se sentaba.

Escuchaba.

Pedía disculpas.

Y la siguiente vez se esforzaba por cumplir.

Teresa tardó más en cambiar. El momento decisivo llegó durante una función del colegio. Ella fue a recoger a Mateo porque estaba convencida de que Adrián volvería a fallar.

—Tu padre tendrá una reunión, ¿no? —preguntó.

Mateo negó con la cabeza.

—Viene.

La función empezaba a las 18:00.

A las 17:58, Adrián cruzó la puerta del salón de actos casi corriendo, todavía con traje y sin corbata.

Mateo lo vio y sonrió.

No era la sonrisa dormida que Adrián había descubierto en brazos de Lucía.

Era una sonrisa dirigida a él.

Después, Teresa caminó en silencio hasta el coche.

—Tu padre también trabajaba demasiado cuando eras pequeño —dijo por fin.

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