—Buen vuelo, capitana.
Lucía quiso responder con frialdad, pero la insignia de su padre pesaba cálida en el bolsillo.
—Cuida de ti.
—Estoy aprendiendo.
A las 08:15, el A350 inició el rodaje. Operaciones recibió una llamada de Álvaro, pero él no pidió detener el avión. Solo dejó una pregunta para la comandante.
—¿Aterrizará a salvo?
El copiloto transmitió el mensaje. Lucía cerró los ojos. Había esperado esa pregunta durante 3 años, y llegaba cuando ya no podía cambiar nada.
—Dile que sí.
La respuesta de Álvaro fue breve:
—Entonces es suficiente.
Lucía empujó las palancas. Madrid quedó bajo las nubes y, por primera vez, marcharse no se pareció a perder.
Buenos Aires le devolvió partes de sí misma que creía agotadas. Alquiló un piso luminoso en Palermo, volvió a correr junto a los bosques y aceptó rutas a Santiago, Roma, Johannesburgo y Madrid. La aerolínea la nombró instructora de nuevos comandantes. En 6 meses, su fotografía apareció en una revista bajo un titular que su padre habría recortado: “Lucía Ferrer, la española que hizo del cielo su casa”.