Sus compañeros le aconsejaron no meterse en el asunto.
“No es tu problema. Es un familiar, tiene derecho a visitarla”, le dijeron.
Sin embargo, el llanto regresaba noche tras noche. Una tarde, la enfermera escuchó pasos, voces apagadas y un tono áspero desde el corredor. La anciana murmuraba algo, como si se disculpara. Luego vino un sonido sordo y un grito breve. Esa noche no pudo dormir.