La anciana lloraba y le suplicaba que la dejara en paz. Repetía que no iba a firmar nada.
Entonces la voz del hombre cambió. Se inclinó sobre la cama y comenzó a amenazarla. Le dijo que tenía medicamentos que ella “debía” recibir. Que sabía exactamente cómo hacer las cosas para que los médicos no notaran nada. Que, si seguía negándose, su estado empeoraría mucho más.
La enfermera contuvo la respiración. Desde el suelo vio cómo el hombre sacaba una jeringa. No era una jeringa del hospital. Era distinta, oscura, sin etiquetas. Comenzó a inyectarla a pesar de la resistencia de la anciana, que soltó un grito ahogado antes de que su mano cayera inerte sobre la sábana.
El desenlace
El horror la paralizó apenas un instante. Después, la enfermera salió de golpe de debajo de la cama, gritando, y abrió la puerta de par en par. En segundos, otras enfermeras y el médico de guardia acudieron corriendo. El hombre fue detenido allí mismo, sin posibilidad de escapar. Le confiscaron la jeringa y, en su maletín, encontraron los documentos ya redactados, listos para ser firmados, con el espacio de la firma en blanco.