Daniel metió todo en una bolsa de viaje de cuero con una calma aterradora. No parecía un hombre improvisando presa del pánico. Parecía alguien ejecutando un plan ensayado hasta el último detalle.
Después cogió un pequeño estuche de terciopelo.
Sentí un vuelco en el estómago.
Dentro estaba el brazalete de diamantes de mi madre, el mismo que llevaba puesto el día en que me transfirió oficialmente el sesenta y ocho por ciento de las acciones con derecho a voto de Sterling Global. Daniel siempre se había burlado de aquella joya, llamándola «una reliquia ridículamente ostentosa».
Aquella noche se la guardó directamente en el bolsillo del traje.
A las 2:37 escuché cerrarse la puerta del garaje. Esperé diez minutos antes de incorporarme.
Me temblaban las manos, pero no por impotencia. Temblaban porque todas las sospechas oscuras que había intentado justificar durante meses acababan de convertirse en hechos fríos e incontestables.