Los médicos le dieron no más de tres meses de vida. Tres meses. Yo tenía seis meses de embarazo. Las cuentas eran crueles y sencillas: probablemente no viviría lo suficiente para conocer a nuestra hija.
Salimos del hospital tomados de la mano, sin hablar, hasta llegar al auto. Ahí me derrumbé. Lloré con una furia que nunca había sentido, golpeando el volante, gritándole a un Dios en el que ni siquiera sabía si creía. Julián no dijo nada. Solo me abrazó, con la barbilla apoyada sobre mi cabeza, y esperó. Cuando por fin me calmé, me limpió las lágrimas con los pulgares y me dijo que teníamos que aprovechar cada minuto, que no íbamos a gastar el tiempo que nos quedaba en llorar por el que no íbamos a tener.
La conversación en el porche
Esa misma noche, cuando el sol empezaba a esconderse detrás de los árboles, salimos al porche de la casa. Julián se sentó a mi lado en la vieja banca de madera, apoyó una mano tibia sobre mi vientre y esperó a que la bebé pateara. Cuando lo hizo, él sonrió con los ojos cerrados, como si estuviera memorizando la sensación.
—Si mis órganos siguen sanos cuando llegue el momento —dijo, con la voz suave pero firme—, quiero que los donen.
Sentí un nudo en la garganta.
—Por favor, no hables de morir mientras ella te está pateando —le susurré.
—Precisamente por eso tengo que hablarlo —respondió él. Bajó la mirada hacia mi estómago y añadió—: Si yo no puedo verla crecer, quizás pueda al menos asegurarme de que alguien más tenga más tiempo con los suyos.
No pude responder. Solo asentí, y me quedé en silencio mientras las luciérnagas comenzaban a iluminar el jardín. Julián siguió hablando con nuestra hija esa noche, contándole historias de cuando era niño, prometiéndole que la iba a cuidar desde donde estuviera. Yo lo escuchaba con el corazón deshecho, pero también, extrañamente, agradecida.