Mi esposo entró a un hotel con mi mejor amiga creyendo que nadie los había visto. Envié seis fotos a su marido y él respondió: “Llevo ocho meses esperando esto”. Treinta minutos después, mi esposo suplicó: “Ven y dile que nuestro matrimonio está bien”. Me quedé en silencio, guardé el teléfono y llamé a una abogada… porque acababa de entender para qué me necesitaba realmente.

Encontré primero un faltante de casi un millón doscientos mil pesos entre ahorros conjuntos y movimientos que Alejandro nunca me había explicado.

Había transferencias a Fernanda y a su despacho de diseño.

Ciento ochenta mil.

Ciento cuarenta mil.

Doscientos veinte mil.

Después apareció una factura por remodelación de un departamento en Santa Fe.

Busqué la dirección.

Era un desarrollo nuevo donde Fernanda me había dicho meses atrás que “algún día le encantaría tener un espacio para trabajar”.

Alejandro había pagado parte del enganche.

Seguí buscando.

Hoteles.

Restaurantes.

Un collar.

Clases particulares para Sebastián, el hijo de Fernanda.

Una fiesta de inauguración para su estudio registrada por la constructora de Alejandro como “atención a clientes”.

Cada cargo tenía una fecha.

Y cada fecha destruía un recuerdo.

El día que operaron a mi mamá, Alejandro aseguró que debía viajar a Querétaro para reunirse con un proveedor.

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