Alejandro rodeó la camioneta, puso una mano en su cintura y la atrajo hacia él.
Fernanda apoyó la cabeza en su hombro.
Él le acomodó el cabello y le besó la frente.
No parecía un error.
Parecía una costumbre.
Recordé de golpe sus juntas nocturnas, la nueva contraseña de su celular y la facilidad con la que Fernanda conocía detalles de la constructora de Alejandro que ni siquiera yo recordaba haberle contado.
También recordé su frase favorita:
—Ay, Claudia, Alejandro para mí es como un hermano. ¿Cómo crees que alguna vez podría fijarme en él?
No crucé la calle.
Saqué mi celular y tomé seis fotografías.
Después abrí el contacto de Rodrigo, esposo de Fernanda.
Le mandé las imágenes, el nombre del hotel y la ubicación.
Sin escribir una sola palabra.
Su respuesta llegó segundos después.
“Por fin.”