Pero Daniela conservaba algo que él no podía borrar:
ocho años de comprobantes.
Meses después, sus padres ya no dormían donde podían.
Daniela alquiló para ellos una pequeña casa mientras continuaba el proceso sobre la antigua propiedad.
No era la casa azul.
No tenía las macetas de siempre.
Pero tenía dos habitaciones limpias, una cocina luminosa y un pequeño patio.
La primera mañana, su madre preparó tortillas.
Su padre abrió las herramientas que Daniela había traído desde Barcelona.
Pasó los dedos sobre ellas y sonrió.
—Ocho años esperando esto.
Daniela tuvo que apartar la mirada para no llorar.
—Yo también.
Su padre se acercó.
—Perdón por creerle.
Daniela negó.
—Él hizo todo lo posible para que ustedes creyeran que yo los había abandonado… y para que yo creyera que estaban bien.