Durante treinta y cuatro años todas esas llamadas, formularios y citas habían terminado en mis manos.
Esta vez empujé los folletos hacia él.
—Dénselos a su hijo. Él se encargará.
Me levanté.
Roberto salió detrás de mí.
—¡Claudia! ¿Qué demonios te pasa?
—Nada. Por primera vez te estoy creyendo.
—¿Creyendo qué?
—Que puedes hacerlo tú solo.
Esa noche llegó furioso.
Arrojó los folletos sobre la mesa.
—Me hiciste quedar como un desgraciado.
—Yo sólo dije la verdad.
—¡Es mi madre!
—Exacto. Tu madre.
Se quedó callado.
Y entonces ocurrió algo que terminó de destruir lo poco que quedaba de mi matrimonio.
Roberto entró a bañarse y dejó su celular sobre la mesa.
Yo jamás revisaba su teléfono.
Pero la pantalla se encendió.
Era un mensaje de su hermana Laura, que vivía en Monterrey.
“Te acabo de transferir los 8,000 de este mes para mamá. Contrata a alguien para ayudarla con el baño y la comida, como quedamos. Por favor úsalo para eso.”