Faltaba una semana para que doña Elvira saliera.
Roberto seguía convencido de que había resuelto todo.
Su madre tendría casa.
Él seguiría siendo “el buen hijo”.
Y yo haría gratis el trabajo que nadie se había molestado en preguntarme si quería hacer.
Todavía no entendía que, cuando abriera aquel cuarto completamente vacío, no encontraría una cama esperando a su madre.
Encontraría la primera señal de que su esposa de treinta y cuatro años había decidido desaparecer de la vida que él daba por segura.
No podía imaginar lo que estaba a punto de ocurrir…
PARTE 2
La reunión para preparar el alta de doña Elvira fue un jueves por la tarde.
Estábamos los cuatro alrededor de una mesa: mi suegra, Roberto, una trabajadora social y el médico de rehabilitación.
—La recuperación va muy bien —explicó el doctor—. Puede caminar con bastón, vestirse sola y usar el baño. Necesitará apoyo para bañarse, hacer compras y asistir a algunas citas.
Roberto se acomodó orgulloso.
—No hay problema. Se va con nosotros. Ya le preparamos un cuarto y mi esposa puede estar pendiente.
Ahí lo interrumpí.
—No.
Todos voltearon.
Roberto apretó la mandíbula.
—¿Cómo que no?
Miré a la trabajadora social.
—Yo no acepté ser la cuidadora principal. Tampoco acepté que doña Elvira viviera en nuestra casa. Roberto decidió todo sin preguntarme.
Mi suegra palideció.
—Claudia… pensé que estábamos de acuerdo.
—Ese es precisamente el problema. Nadie me preguntó.
Roberto bajó la voz.
—No hagas un espectáculo.
Lo miré por primera vez.
—Es más vergonzoso ofrecer el trabajo de tu esposa para parecer un hijo responsable.
La trabajadora social intervino antes de que él explotara.