—Pues tú estás más tiempo en casa.
No era verdad. Yo llevaba quince años trabajando en un módulo de atención ciudadana. Pero para Roberto, mi empleo siempre había sido menos importante que el suyo.
—Trabajo igual que tú.
—Sí, pero tú sabes hacer esas cosas. No exageres.
No contesté.
Durante décadas había sido igual.
Cuando murió su padre, yo organicé la funeraria, la misa, los papeles y la comida para la familia. Roberto recibió los abrazos.
Cuando doña Elvira tuvo neumonía, yo fui al hospital cada tarde. Roberto apareció un domingo con una bolsa de mandarinas.
Cuando había que pagar recibos, pedir una cita médica o arreglar una gotera en la casa de su mamá, él decía:
—Claudia, tú eres mejor para eso.
Y yo lo hacía.
Aquella noche entré al pequeño cuarto. Miré mi máquina de coser, mis novelas, una caja con fotografías de mis hijos y el buró donde guardaba una libreta de ahorros que Roberto desconocía.
Por primera vez no sentí enojo.
Sentí claridad.
Abrí el celular y busqué departamentos pequeños cerca del trabajo.
Encontré uno a quince minutos en camión. Viejo, sencillo, amueblado y dentro de mis posibilidades.
Mandé un mensaje.
A la mañana siguiente recibí respuesta: podía firmar el contrato dos días después.
Entonces comencé a empacar.
No de golpe.
Una blusa hoy.
Dos libros mañana.
Mis zapatos de temporada el sábado.
Roberto vio que el cuarto quedaba vacío y sonrió satisfecho.
—Qué bueno que entendiste.
Yo también sonreí.
Él creyó que estaba preparando la habitación para su madre.
No sabía que estaba borrando, poco a poco, mi presencia de aquella casa.
Y mucho menos sabía lo que yo pensaba decir durante la reunión de alta médica del hospital.