Roberto aparecería por las noches preguntando:
—¿Cómo sigue mi mamá?
Y todos dirían que era un hijo maravilloso.
Aquella misma noche, en nuestra casa de Guadalajara, esperé a que terminara de cenar.
—Tu mamá me dijo que vendrá a vivir aquí.
Roberto ni siquiera apartó la mirada del partido.
—Sí, unas dos semanas.
—¿Y cuándo pensabas preguntarme?
Frunció el ceño.
—Claudia, no empieces. Es mi mamá. Tampoco te estoy pidiendo que cargues costales.
Después señaló el pequeño cuarto que yo usaba para coser, planchar y guardar mis libros.
—Desocúpalo mañana. Ahí ponemos su cama.
Respiré despacio.
—¿Y quién la va a ayudar a bañarse?
—Pues tú estás más tiempo en casa.
No era verdad. Yo llevaba quince años trabajando en un módulo de atención ciudadana. Pero para Roberto, mi empleo siempre había sido menos importante que el suyo.