Respiró con dificultad.
—Perdóname, Claudia. Entre mi hijo y yo te robamos muchos años creyendo que tu trabajo era natural, como si la comida apareciera sola y los problemas se resolvieran porque sí.
Aquella frase me dolió más que cualquier grito de Roberto.
Porque era exactamente lo que había esperado durante décadas.
No dinero.
No regalos.
Ni siquiera reconocimiento público.
Sólo quería que alguien viera que debajo de todo aquel trabajo había una persona cansada.
Puse mi mano sobre la suya.
—No me fui por usted.
Doña Elvira levantó la mirada.
—Me habría parecido normal ayudarla después de una operación si hubiéramos hablado. Lo que ya no podía soportar era que Roberto dispusiera de mí como si yo fuera parte del mobiliario.
Asintió llorando.
—Lo entiendo ahora.
—Yo podía ayudar. Pero ayudar no significa desaparecer.
Nos quedamos calladas.
Después preguntó:
—¿Es definitivo lo de Roberto?
—Sí.
No lo dudé.
El proceso siguió.
Roberto primero intentó convencer a nuestros hijos de que yo estaba atravesando “una crisis”. Nuestra hija Mariana le respondió algo que después me contó:
—Papá, mamá no abandonó a la familia. Dejó de cargar sola con ella.
Nuestro hijo Daniel tampoco quiso intervenir para presionarme.
Con la asesoría correspondiente, Roberto y yo terminamos firmando un convenio sobre los bienes adquiridos durante nuestro matrimonio y cerramos la separación sin convertirla en una guerra interminable.
La casa tuvo que entrar en el arreglo patrimonial.
Las cuentas también.
Laura exigió por su parte explicaciones sobre las transferencias destinadas a su madre.
Lo que ocurrió entre ellos dejó de ser asunto mío.
La última vez que vi a Roberto en una reunión con abogados parecía diez años mayor.