Después de 34 años haciendo todo por su familia, mi esposo volvió a decirme: «Desocupa tu cuarto para mi mamá; tú sabes cuidarla mejor». Esta vez no protesté. Guardé mis libros, mi ropa y hasta el último par de zapatos. Cuando llegó del hospital con su madre y vio la casa extrañamente vacía, empezó a llamarme desesperado… pero yo ya tenía en mis manos los comprobantes de unas transferencias ocultas.

—Yo ya me cansé. O vuelves hoy, te comportas como parte de esta familia y nos ayudas con mi mamá, o firmamos el divorcio.

Doña Elvira abrió mucho los ojos.

—Roberto, no tienes que—

—Mamá, déjame hablar.

Durante treinta y cuatro años aquella voz había funcionado conmigo.

Bastaba que la endureciera para que yo bajara la mirada.

Ese día no.

—¿Eso es lo que quieres? —pregunté.

—Quiero una esposa responsable.

—Perfecto.

Saqué mi carpeta.

—Pero antes tengo una pregunta para Laura.

Ella me miró.

—¿Cuánto dinero le has enviado a Roberto para los cuidados de tu mamá?

Mi esposo cambió de color.

Laura tardó unos segundos.

—Ocho mil pesos al mes, normalmente. A veces más si había gastos especiales.

—¿Y para qué eran?

—Para contratar apoyo. Una persona que ayudara a mamá, medicamentos, traslados… lo necesario.

Abrí la carpeta.

—Entonces quizá quieras ver esto.

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