Horas después llevó a doña Elvira a casa.
Cuando abrió el cuarto que yo había “desocupado”, encontró cuatro paredes vacías.
Ni cama.
Ni sábanas.
Ni mesa.
Sólo una carpeta con los teléfonos de cuidadores, rehabilitación y servicios de apoyo.
Entonces comenzó a llamarme.
Quince veces.
No contesté.
Yo estaba sentada en mi nuevo departamento tomando una taza de café cuando llegó un último mensaje suyo:
“Regresa ahora mismo. El domingo vamos a reunir a la familia. Si no vuelves, te voy a pedir el divorcio delante de todos.”
Leí dos veces aquella amenaza.
Después miré la carpeta con las transferencias que Laura le había enviado durante más de un año.
Roberto pensaba llevarme ante toda la familia para humillarme.
Lo que no sabía era que yo también pensaba asistir.
Y esta vez no llegaría con disculpas.