Parecía más pequeña.
Más cansada.
Se sentó frente a mí y tardó varios segundos en hablar.
—El día que me dieron fecha de alta, te dije que me iría a tu casa como si fuera mi derecho.
No respondí.
—Ni siquiera te pregunté. Roberto dijo que podía y para mí fue suficiente. Nunca pensé que también eras una persona a la que había que pedirle permiso sobre su propia vida.
Sus ojos comenzaron a llenarse.
—Me enseñaron las notas que dejaste. Sabías mis medicamentos, mis horarios, mis miedos… Sabías más de mí que mi propio hijo.
Sacó un pañuelo.
—Cuando tuve neumonía tú estabas cada tarde en el hospital. Y yo les decía a todos: “Qué buen hijo tengo”. Nunca te di las gracias.
Respiró con dificultad.
—Perdóname, Claudia. Entre mi hijo y yo te robamos muchos años creyendo que tu trabajo era natural, como si la comida apareciera sola y los problemas se resolvieran porque sí.