“Lo sé.”
“¿Vas a volver hoy?”
“No. Mañana quizá.”
“Ah.”
Ese “ah” me sonó demasiado parecido a mi madre.
Entonces entendí algo que me dejó helado.
Yo no solo estaba repitiendo mi abandono hacia atrás.
También lo estaba enseñando hacia delante.
“Clara”, dije.
“¿Sí?”
“El domingo quiero que vengas a Valladolid conmigo. Si te apetece. Sin planes raros. Solo a comer con la yaya.”
“¿Sin prisas?”
Cerré los ojos.
“Sin prisas.”
“Vale.”
Y en su voz escuché algo pequeño abrirse.
Como una ventana.
El domingo llegó con frío y sol.
Fui a buscar a Clara a la estación.
Venía con una mochila, los auriculares colgando y esa cara de adolescente que intenta parecer indiferente.
Pero cuando vio a mi madre esperándola en el portal, se le ablandó la expresión.
“Yaya.”
Mi madre abrió los brazos.
Clara se dejó abrazar.
No mucho.
Pero más que otras veces.
Subimos los tres al piso.
Esta vez fui yo quien llevaba las bolsas.
Mi madre había preparado sopa de ajo otra vez.
También croquetas.
Y natillas.
“Has cocinado para un regimiento”, le dije.
“Calla y pon la mesa.”
Clara se rio.
Durante la comida, mi madre contó historias mías.
Las que yo habría preferido que no contara.
Como cuando metí una rana en una caja de zapatos.
O cuando lloré porque no quería que tiraran una silla rota.
O cuando una Navidad me escondí debajo de la mesa porque no quería recitar un poema.Clara me miraba sorprendida.
“Papá, tú eras rarísimo.”
“Gracias.”
“Pero en plan bien.”
Mi madre reía.
Reía de verdad.
Con los ojos pequeños.
Con la mano en el pecho.
Como si el aire le volviera a caber mejor.
Después de comer, saqué el cuaderno verde.