Mi madre bajó la mirada.
“Se me ocurrió antes de que te despertaras.”
“Pues empezamos por eso.”
Ella se quedó quieta.
“¿Por desayunar?”
“Por desayunar.”
Cogí una tostada.
Le eché demasiado aceite.
Ella se rio bajito.
“No tienes arreglo.”
“No. Pero puedo aprender.”
Desayunamos despacio.
Sin televisión.
Sin móvil.
Sin mirar el reloj.
Al principio hablamos de cosas pequeñas.
Del frío.
De la panadería.
De una vecina que había cambiado las cortinas.
Del ascensor que nunca llegó a ponerse en aquel edificio.
Luego el silencio se sentó con nosotros.
Pero no era incómodo.
Era un silencio lleno.
De esos que no piden nada.
Después de recoger, me acerqué al fregadero.
“Déjame fregar.”
Mi madre me miró como si hubiera dicho una locura.
“¿Tú?”
“Yo.”
“Vas a dejar todo lleno de agua.”
“Seguramente.”
“Y los vasos con marcas.”
“También.”
Me quitó el estropajo de la mano.