Durante años, ese sonido había formado parte de mi vida.
Y yo lo había olvidado.
Me incorporé con la manta sobre los hombros.
Tenía la espalda molida.
El cuello torcido.
El traje del día anterior arrugado.
Pero sentía una calma rara.
Como si, por primera vez en mucho tiempo, no tuviera que salir corriendo.
“Mamá.”
Ella apareció en la puerta de la cocina con dos tazas.
“Buenos días, hijo. No quería despertarte.”
“Tenías que haberlo hecho.”
“No. Dormías como cuando eras pequeño.”
Sonrió.
Y esa sonrisa me rompió un poco más.
Me senté a la mesa.
Había tostadas.
Aceite.
Tomate rallado.
Un plato pequeño con galletas.
Y dos servilletas dobladas con cuidado.
Como si aquello fuera una visita importante.
Como si yo fuera alguien que venía de lejos.
Y quizá lo era.
“Has escrito algo nuevo”, dije, señalando el cuaderno.