Cada objeto parecía pequeño.
Pero dentro de cada objeto había una vida.
En una caja encontré mis dibujos del colegio.
Torcidos.
Con casas enormes, soles amarillos y personas con brazos larguísimos.
“¿Guardaste todo esto?”
“Claro.”
“Pero si son horribles.”
“Eran tuyos.”
Lo dijo como si eso lo explicara todo.
Y lo explicaba.
En otra carpeta había fotos de cumpleaños.
Yo con siete años.
Yo con doce.
Yo con diecisiete, con cara de querer irme de todas partes.
Mi madre en todas las fotos estaba cerca.
A veces detrás.
A veces cortando tarta.
A veces sirviendo vasos.
A veces mirando hacia mí, no hacia la cámara.
Yo nunca lo había notado.
En casi todos mis recuerdos importantes, ella estaba trabajando para que el recuerdo existiera.
Y yo ni siquiera la veía.
Me senté en el suelo de la cocina con una foto en la mano.
Mi madre estaba guardando platos en papel de periódico.
“¿Te arrepientes de mudarte?”, le pregunté.
Ella tardó en responder.
“No.”
Luego añadió:
“Pero me da miedo.”
La miré.
“¿Miedo a qué?”
“A no reconocer mi vida en otra casa.”
Se sentó frente a mí.
“El piso nuevo está mejor. No hay escaleras. La calefacción funciona bien. Hay una farmacia cerca, una parada de autobús, una plaza con bancos.”
Respiró hondo.
“Pero aquí está tu infancia. Aquí está tu padre. Aquí está todo lo que fui durante muchos años.”
No supe contestar.
Porque uno cree que mudarse es cambiar muebles de sitio.
Pero a veces mudarse es despedirse de una versión de uno mismo.
“Podemos llevarnos lo importante”, dije.
Ella sonrió con tristeza.
“No todo cabe en cajas, Daniel.”
Aquella tarde fuimos al piso nuevo.
Estaba en una calle tranquila, no muy lejos del centro.