Me dijo que a veces marcaba mi número y luego borraba la llamada.
“No quería molestarte.”
Bajé la cabeza.
Después pregunté:
“Del cuaderno… ¿qué es lo que más quieres?”
Dejó la cuchara en el plato.
Se quedó callada.
Luego dijo:
“Que me abraces sin tener prisa.”
Me levanté.
Ella también.
Al principio fue raro.
Ya no estábamos acostumbrados.
Luego apoyó la frente en mi pecho.
Y yo la abracé.
Fuerte.
No tres segundos.
No como cuando uno se despide en la puerta.
La abracé como tendría que haberla abrazado muchas veces.
Aquella noche perdí el tren.
Y por primera vez no me importó.
Dormí en el sofá viejo, bajo una manta áspera que olía a mi infancia.
Antes de apagar la luz, miré el cuaderno verde sobre la mesa.
Ya no estaba escondido.
En la última página, mi madre había escrito: