Encontré el cuaderno secreto de mi madre y entendí cuánto me había esperado

“Pensé que me moriría aquí.”

La frase me golpeó despacio.

“No digas eso.”

“No lo digo triste, hijo. Lo digo porque una se acostumbra a imaginar el final en un sitio.”

Miró alrededor.

“Pero quizá todavía no toca final.”

Me acerqué a ella.

“No. Todavía no.”

Cerramos la puerta juntos.

Ella metió la llave en el bolso.

No lloró.

Pero bajó las escaleras agarrada a mi brazo desde el primer peldaño.

Esta vez no poco.

Esta vez sin disimular.

En el piso nuevo, Clara había colocado una planta junto a la ventana.

Una planta fuerte, verde, con hojas grandes.

“Para que esta sí se salve”, dijo.

Mi madre la miró.

Luego me miró a mí.

“Habrá que regarla.”

“Todos los domingos.”

“Daniel.”

“Vale. Cuando toque.”

“Eso está mejor.”

Poco a poco, la casa empezó a parecer suya.

La cafetera encontró su sitio.

El calendario también.

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