Leyó en silencio.
Luego miró a su abuela.
“Yaya, ¿puedo escribir una?”
Mi madre parpadeó.
“¿Tú?”
“Sí.”
Le dio el bolígrafo.
Clara escribió con su letra grande y desigual:
“Hacer una merienda con la yaya y que me enseñe a preparar natillas.”
Mi madre se llevó una mano a la boca.
“Pero si eso es muy fácil.”
“Pues mejor. Así no la lío.”
Luego Clara escribió otra:
“Hacer una foto los tres.”
Yo protesté por costumbre.
“Ahora no, que estoy fatal.”
Mi madre me miró.
“No empieces.”
Clara colocó el móvil apoyado en la caja de galletas.
Programó el temporizador.
Nos sentamos en la cocina.
Mi madre en medio.
Yo a un lado.
Clara al otro.
La primera foto salió borrosa.
En la segunda, yo salía con los ojos cerrados.
En la tercera, mi madre se estaba riendo.
Esa fue la buena.
No porque estuviéramos perfectos.