Encontré el cuaderno secreto de mi madre y entendí cuánto me había esperado

“Clara”, dije.

“¿Sí?”

“El domingo quiero que vengas a Valladolid conmigo. Si te apetece. Sin planes raros. Solo a comer con la yaya.”

“¿Sin prisas?”

Cerré los ojos.

“Sin prisas.”

“Vale.”

Y en su voz escuché algo pequeño abrirse.

Como una ventana.

El domingo llegó con frío y sol.

Fui a buscar a Clara a la estación.

Venía con una mochila, los auriculares colgando y esa cara de adolescente que intenta parecer indiferente.

Pero cuando vio a mi madre esperándola en el portal, se le ablandó la expresión.

“Yaya.”

Mi madre abrió los brazos.

Clara se dejó abrazar.

No mucho.

Pero más que otras veces.

Subimos los tres al piso.

Esta vez fui yo quien llevaba las bolsas.

Mi madre había preparado sopa de ajo otra vez.

También croquetas.

Y natillas.

“Has cocinado para un regimiento”, le dije.

“Calla y pon la mesa.”

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