Nunca se quejaba.
Pero su respiración me dijo todo lo que ella callaba.
Sentí una culpa vieja subirme por el pecho.
“¿Cuántas veces has subido esto sola con bolsas?”
Ella hizo un gesto pequeño.
“Las que tocaban.”
“¿Por qué no me llamabas?”
“Porque tú siempre decías que ibas justo.”
Me apoyé contra la pared.
Esa frase era peor que un reproche.
Porque no tenía rabia.
Solo memoria.
Al llegar arriba, me quité el abrigo.
Cogí una libreta que había en el aparador.
“Vamos a hacer una lista.”
“¿Otra?”
“Esta la escribo yo.”
Mi madre se sentó.
“¿De qué?”
“De cosas que voy a hacer contigo.”
Frunció el ceño.
“No quiero que lo hagas por pena.”
“No es pena.”
“Ni por culpa.”
Me quedé callado.
Porque algo de culpa sí había.
Claro que había culpa.
Pero también había amor.
Y a veces el amor vuelve tarde, con los zapatos sucios y sin saber muy bien cómo pedir permiso.