“No.”
Luego añadió:
“Pero me da miedo.”
La miré.
“¿Miedo a qué?”
“A no reconocer mi vida en otra casa.”
Se sentó frente a mí.
“El piso nuevo está mejor. No hay escaleras. La calefacción funciona bien. Hay una farmacia cerca, una parada de autobús, una plaza con bancos.”
Respiró hondo.
“Pero aquí está tu infancia. Aquí está tu padre. Aquí está todo lo que fui durante muchos años.”
No supe contestar.
Porque uno cree que mudarse es cambiar muebles de sitio.
Pero a veces mudarse es despedirse de una versión de uno mismo.
“Podemos llevarnos lo importante”, dije.
Ella sonrió con tristeza.
“No todo cabe en cajas, Daniel.”
Aquella tarde fuimos al piso nuevo.
Estaba en una calle tranquila, no muy lejos del centro.
Una planta baja sencilla.
Ventanas a una pequeña plaza.
Paredes blancas.
Suelo frío.
Olor a pintura reciente.
A mi madre le pareció demasiado vacío.