Mi madre pasó la mano por la mesa.
“Tu padre arregló esa pata dos veces.”
“Lo sé.”
“No. No lo sabes. La primera vez la arregló mal y casi se cae la cena de Nochebuena.”
Nos reímos.
Luego ella dejó de reír.
“Pensé que me moriría aquí.”
La frase me golpeó despacio.
“No digas eso.”
“No lo digo triste, hijo. Lo digo porque una se acostumbra a imaginar el final en un sitio.”
Miró alrededor.
“Pero quizá todavía no toca final.”
Me acerqué a ella.
“No. Todavía no.”
Cerramos la puerta juntos.
Ella metió la llave en el bolso.
No lloró.
Pero bajó las escaleras agarrada a mi brazo desde el primer peldaño.
Esta vez no poco.
Esta vez sin disimular.
En el piso nuevo, Clara había colocado una planta junto a la ventana.
Una planta fuerte, verde, con hojas grandes.
“Para que esta sí se salve”, dijo.
Mi madre la miró.
Luego me miró a mí.
“Habrá que regarla.”
“Todos los domingos.”
“Daniel.”
“Vale. Cuando toque.”
“Eso está mejor.”
Poco a poco, la casa empezó a parecer suya.
La cafetera encontró su sitio.
El calendario también.
La taza verde de mi padre quedó en una balda, visible.
No escondida.
Las fotos se repartieron por el salón.
La nuestra quedó en la nevera.
Y el cuaderno verde ya no volvió a meterse en la caja de galletas.
Se quedó sobre la mesa de la cocina.
Abierto.
Vivo.
Algunas páginas se fueron llenando.
Paseo por la plaza.
Hecho.
Café sin móvil.
Hecho.
Foto con Clara.
Hecho.
Natillas.
Casi hechas, aunque Clara puso demasiada canela.
Un miércoles por la noche, llamé a mi madre desde Madrid.
No caminando por la calle.
No con prisa.
Me senté en el sofá.
Apagué la televisión.