—Una broma —repitió.
—Sí. Una broma.
—¿El vestido viejo también es una broma?
—Ella se ensucia sola.
—¿El pelo revuelto?
—No deja que la peine.
—¿La caseta del perro?
Sophia tragó saliva.
—Solo la senté un momento. Juro que…
Desde la puerta de servicio apareció una joven.
Delantal gris.
Ojos hinchados.
Se llamaba Marta.
Llevaba tres años en la casa.
Al ver a Michael con la madre en brazos, se le doblaron las rodillas.
—Señor… yo… yo intenté…
—Habla —dijo Michael.
Marta miró a Sophia.
Sophia le lanzó una mirada que prometía despido.
Muerte civil.
Silencio eterno.
Marta respiró.
Y habló igual.
—La señora Sophia despidió a la enfermera hace diecinueve días.
Le quitó el teléfono a su madre.
Vendió el anillo de bodas del señor Harper padre.
El de oro viejo.
El que la señora nunca se sacaba.
Lo vendió por una pulsera nueva.
Y… y hoy iban a venir unos hombres.
A las cinco.
Para llevársela.
Sophia gritó:
—¡Mientes, rata!
Levantó la mano.
Michael no se movió.
Solo dijo una palabra.
—No.
La mano de Sophia se quedó en el aire.
Inútil.
Ridícula.
—Marta —continuó él—. Llama a seguridad. Llama al médico. Y trae agua caliente. Ahora.
—¡Sí, señor!
La chica corrió.
Sophia soltó una risa corta.
Fea.
—¿Vas a creerle a una sirvienta antes que a tu esposa?
Michael bajó a su madre en el primer sillón del porche.
Le acomodó la chaqueta.
Le limpió una mancha de comida de la comisura de los labios con el pulgar.
Ese gesto fue más violento que un grito.
Después se giró.
Sacó el teléfono.