—¿Vas a creerle a una sirvienta antes que a tu esposa?
Michael bajó a su madre en el primer sillón del porche.
Le acomodó la chaqueta.
Le limpió una mancha de comida de la comisura de los labios con el pulgar.
Ese gesto fue más violento que un grito.
Después se giró.
Sacó el teléfono.
Grabó.
El patio.
El cuenco.
La caseta.
El vestido blanco de Sophia.
La madre temblando bajo su chaqueta.
—¿Qué haces? —preguntó ella, ya sin teatro.
—Pruebas.
—Eres un enfermo.
—No.
Él deslizó el anillo de matrimonio.
El oro golpeó el cuenco vacío.
Un sonido pequeño.
Definitivo.
—Tú ya no eres mi esposa en esta casa.
Sophia se lanzó hacia el anillo.
Él adelantó el pie.
Lo cubrió.
—Tócalo y pierdes más que un anillo.
Ella se enderezó.
El pánico le encendió las mejillas.
—No puedes echarme. Esta mansión también está a mi nombre. Tengo derechos. Tengo abogados. Tengo…