PARTE 4
Robert me recibió en su oficina esa misma tarde.
Le conté todo.
El agua caliente.
El frasco ámbar.
Las gotas.
Los resultados del laboratorio.
Él escuchó en silencio.
Cuando terminé, se quitó los lentes.
—Lilian, necesito que revisemos todo. Cada documento firmado en los últimos seis años. Cada transferencia. Cada cambio en tus cuentas.
—¿Por dónde empezamos?
—Por tu testamento.
Esa palabra me heló.
Mi testamento.
El que había hecho con Robert antes de casarme con Ethan.
El que dejaba todo a mi sobrina Amanda, a las organizaciones benéficas que apoyaba, y a un fondo para la escuela donde había trabajado.
Robert abrió su computadora.
Y palideció.
—Lilian… hace cuatro años, se presentó un documento en esta notaría modificando tu testamento.
—¿Qué documento?
—Uno que te desheredaba a ti misma y dejaba todo a Ethan Ross. Tu esposo.
—Yo nunca firmé eso.
—El documento tiene tu firma. Y tu huella digital.
Me tapé la boca.
—La escopolamina —susurré.
Robert asintió.
—Te drogaron para que lo firmaras sin saber lo que hacías.
PARTE 5
Robert hizo algo brillante.
No presentó una demanda todavía.
Primero, pidió una auditoría forense de todas mis cuentas.
Lo que encontramos fue aterrador.
En seis años, Ethan había transferido:
1.2 millones de dólares de mis cuentas de ahorro a cuentas offshore.
La escritura de mi casa de Malibú, transferida a una LLC a su nombre.
Tres propiedades adicionales que yo ni recordaba haber heredado de mi primer esposo.
El 40% de las acciones de la empresa donde había invertido mi herencia.
Total aproximado: 8.7 millones de dólares.
Y lo peor…
Había un nuevo documento esperando firma.
Uno que transfería la casa de cinco pisos en San Francisco.
Con fecha de ejecución: la semana siguiente.
Robert me miró.
—Lilian, este hombre no solo te está robando. Te está eliminando lentamente. Si sigues tomando esa bebida, en dos o tres años más, podrías tener un “fallo cardíaco” y nadie sospecharía nada.
Me quedé en silencio.
—¿Qué hacemos?
—Primero: dejar de tomar la bebida. Hoy.
—Eso es fácil.
—Segundo: necesitamos pruebas. Necesitamos grabarlo mientras prepara la bebida. Necesitamos el frasco ámbar. Necesitamos que cometa un error.
—¿Y tercero?
Robert sonrió.
Una sonrisa fría.
—Tercero: lo destruimos. Legalmente.
PARTE 6
Esa noche actué como siempre.
Le sonreí a Ethan.
Acepté el vaso.
Lo llevé a mis labios.
Y fingí beber.
—Muy rico, mi amor —dije.
Él sonrió.
—Descansa, mi pequeña esposa.
Me acosté.
Él esperó a que “me durmiera.”
Y bajó a la cocina.
Lo que no sabía era que yo había instalado una cámara diminuta en el detector de humo del pasillo.
Una cámara que grababa todo.
A las 11:47 de la noche, lo vi en la pantalla de mi teléfono.
Abriendo el cajón.
Sacando el frasco ámbar.
Vertiendo las gotas.
Preparando el vaso para el día siguiente.
Y luego…
Haciendo una llamada.
—Sí, ya está todo listo. En una semana firmamos lo de la casa de San Francisco. Después de eso, ya no necesito la bebida. Un “accidente” será más limpio.
Silencio.
—No te preocupes. Nadie sospecha. La vieja confía en mí completamente.
Otra voz al otro lado.
Una voz femenina.
—¿Y qué hay de mí, Ethan? ¿Cuándo nos vamos a Cancún?
—En cuanto firme los últimos papeles. Te lo prometo, amor. Después de esto, tenemos suficiente para vivir como reyes el resto de nuestras vidas.
La voz femenina se rio.
“Mi Joven Esposo Me Daba un ‘Vaso de Agua’ Cada Noche… Lo que el Laboratorio Descubrió Me Salvó la Vida”