La madre de Héctor, que se había mudado unos días con él, huyó aterrada.
—Yo no sé qué le hiciste a esa mujer —le dijo—, pero no pienso quedarme a averiguarlo.
Héctor comenzó a beber.
Lorena dejó de dormir en la casa.
Y Adriana, desde la caseta de Tomás, observaba cómo el hombre que había intentado matarla se desmoronaba sin que ella tuviera que tocarlo.
Pero la venganza no era lo más importante.
Necesitaba pruebas.
Tomás contactó a una fiscal que conocía por un antiguo caso, la licenciada Verónica Ibarra. Ella fue clara:
—El análisis de sangre ayuda. Tus mensajes ayudan. Pero para acusarlos por intento de homicidio necesitamos conectar la sustancia con ellos y, de ser posible, obtener una confesión.
Adriana pensó durante varios segundos.
Entonces sonrió.
Tenía una idea.
Con maquillaje, peluca y lentes de contacto, se presentó días después ante Héctor como “Eva Santillán”, una inversionista interesada en comprar la cadena hotelera pese al fideicomiso.