Adriana había tomado esa precaución porque ya sospechaba que alguien estaba manipulando sus medicamentos.
No sabía quién.
Ahora sí.
Dos días después, Héctor acudió con Lorena al banco fiduciario esperando iniciar la transferencia de la herencia.
Salió furioso.
—¡No puedo tocar casi nada! —gritó dentro del coche—. ¡Lo dejó todo bloqueado!
Lorena lo miró en silencio.
Por primera vez, Héctor notó algo distinto en ella.
No miedo.
Decepción.
Esa noche comenzaron los problemas en la casa.
A las dos de la mañana, las bocinas inteligentes encendieron solas la música favorita de Adriana. Después, las luces del pasillo parpadearon y la televisión mostró una fotografía antigua de su esposa.
Héctor desconectó el aparato.
La pantalla volvió a encenderse.
A la noche siguiente ocurrió otra vez.
Y después llegó un segundo mensaje.
“Te dije que regresaría.”