“Ni muerta deja de dar problemas”, murmuró mi marido mientras escondía mi celular en el ataúd y su amante sonreía a pocos pasos. Ellos esperaban quedarse con una empresa millonaria después de mi funeral, pero olvidaron algo que yo había firmado un mes antes. Cuando recuperé el sentido, solo pedí papel, mi teléfono y silencio. Horas después, él recibió un mensaje imposible… y todavía faltaba conocer el secreto más grave.

—Lorena también va a responder por lo suyo.

Cuando los agentes lo sacaron de la fosa, Héctor intentó acercarse.

Tomás se interpuso sin tocarlo.

—Hasta aquí.

Por primera vez, Héctor lo vio.

—¿Quién eres tú?

Tomás sostuvo su mirada.

—El hombre que escuchó a tu esposa cuando tú ya la habías dado por muerta.

Héctor bajó la cabeza.

Esa misma madrugada, Lorena fue detenida.

En su departamento encontraron copias de documentos confidenciales, conversaciones con Javier y comprobantes relacionados con la sustancia utilizada contra Adriana. También hallaron mensajes en los que hablaba con Héctor de “subir la dosis” y de acelerar los trámites funerarios.

Javier entregó sus conversaciones con Lorena y quedó fuera del caso de envenenamiento, aunque su reputación empresarial terminó dañada.

El doctor Mauricio Beltrán terminó confesando que Héctor le había pagado para minimizar los resultados clínicos y certificar la muerte sin exigir estudios suficientes. La clínica lo suspendió y enfrentó un proceso separado.

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