Fui a la preparatoria preparado para regañar a mi hija por “malgastar” el dinero que le enviaba, pero descubrí que llevaba cinco años registrada como estudiante pobre. “Tu padre ya está cansado de mantenerte”, le habían repetido. No hice una escena: pedí su expediente, saqué mis comprobantes bancarios y encontré un detalle que demostraba que todo había sido planeado.

Nunca faltó un depósito.

Sin embargo, Teresa siempre tenía una queja nueva.

—Mariana está muy gastalona.

—Se volvió floja.

—Quiere ropa cara.

—Se la pasa en la calle.

—Te está tomando el pelo porque sabe que estás lejos.

Y yo, como un idiota, le creía.

Aquella vez compré un boleto para Guadalajara decidido a castigar a mi hija.

No le avisé.

Llegué a su preparatoria cerca de la hora del almuerzo y la busqué entre los estudiantes.

Tardé varios minutos en reconocerla.

Mariana estaba sentada sola en una jardinera, con un uniforme deslavado y unos tenis tan gastados que la suela comenzaba a despegarse.

Pero lo que realmente me paralizó fue la comida.

No tenía torta.

No tenía fruta.

No tenía siquiera una bolsa de papas.

Solo sostenía medio bolillo.

Lo mordía despacio.

Después envolvió la mitad restante en una servilleta y la guardó en su mochila.

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