Lo mordía despacio.
Después envolvió la mitad restante en una servilleta y la guardó en su mochila.
Bebió agua de una botella rellenada.
Y se levantó.
Me escondí antes de que pudiera verme.
La seguí hasta una tiendita frente a la escuela. Mariana se quedó mirando los tacos de canasta durante unos segundos, metió la mano en el bolsillo, contó unas monedas y se fue sin comprar nada.
Yo había mandado treinta y dos mil pesos cuatro días antes.
Entré directamente a la oficina de orientación.
—Soy el papá de Mariana Mendoza.
La orientadora, la profesora Ortega, abrió mucho los ojos.
—¿Usted es Javier?
Algo en su tono me incomodó.
Sacó el expediente de Mariana.
Mi nombre aparecía como padre y tutor.
Pero el teléfono registrado no era el mío.
Tenía tres números cambiados.
Luego revisó otros documentos y frunció el ceño.
—Señor Mendoza… Mariana lleva años recibiendo apoyo por situación económica vulnerable.
Sentí que no había entendido.
—¿Vulnerable?
—Beca de alimentos, útiles, uniformes y transporte.
Me reí por puro nerviosismo.
—Debe haber un error. Yo mando entre cuarenta y cincuenta mil pesos al mes a mi madre.
La profesora dejó de respirar por un instante.
—¿Cada mes?
Saqué mi celular.
Le enseñé transferencias de cinco años.
La mujer se quedó mirando la pantalla y luego me miró a mí.
—Entonces tenemos un problema muy serio.
Me llevó hasta un salón de estudio donde Mariana hacía tarea.
Desde la puerta la vi abrir la mochila, sacar el medio bolillo que había guardado, partirlo dentro de un vaso y echarle agua caliente de un dispensador.
—Hace eso seguido —susurró la profesora—. Come la mitad al mediodía y guarda la otra mitad para la tarde.