—Porque necesitaba disciplina.
—¿Disciplina es hacerle creer que su padre no la quiere?
—Los niños necesitan miedo para obedecer.
Nadie dijo nada.
Creo que en ese instante mi madre entendió que había hablado demasiado.
Me miró.
Después comenzó a llorar.
Era un llanto que conocía perfectamente.
Lo había usado toda mi vida.
—Después de todo lo que hice por ustedes…
Años atrás habría terminado consolándola.
Aquella tarde miré a Mariana.
Quince años.
Demasiado delgada.
Con miedo de comer.
Con miedo de gastar.
Con miedo de hablar.
Y entendí cuántas veces mi madre había convertido las consecuencias de sus actos en sufrimiento propio.
—Hoy no —dije.
—¿Qué?
—Hoy no vas a convertirte en la víctima.
—Soy tu madre.
—Y ella es mi hija.
Tragué saliva.
—Durante cinco años elegí creerte a ti antes que escucharla. Eso se acabó.
Saqué la última carpeta.
—El abogado ya está revisando las cuentas.
Teresa dejó de llorar.
—¿Abogado?
—También habrá una denuncia por los documentos falsos y por el dinero.
—¿Vas a denunciar a tu propia madre?
—Sí.
—¿Por dinero?
Negué.
—Por cinco años de hambre.
Por primera vez no tuvo una respuesta.
Subimos por las cosas de Mariana.
No tardamos ni quince minutos.
Tenía dos uniformes.
Tres playeras.
Unos tenis.
Un suéter.
Cuadernos.
Varias fotografías de su mamá.
Eso era casi todo lo que poseía después de cinco años recibiendo supuestamente decenas de miles de pesos mensuales.
Cuando salimos, Teresa gritó desde la puerta:
—¡Vas a regresar! ¡Tu padre no sabe cuidarte!
Mariana comenzó a temblar.
Me giré.
—Tal vez no supe cuidarla antes. Pero voy a aprender.
Cerré la puerta.
Renuncié al proyecto que me mantenía viajando.
Mi empresa me ofreció un puesto en Guadalajara con un salario considerablemente menor.