Fui a la preparatoria preparado para regañar a mi hija por “malgastar” el dinero que le enviaba, pero descubrí que llevaba cinco años registrada como estudiante pobre. “Tu padre ya está cansado de mantenerte”, le habían repetido. No hice una escena: pedí su expediente, saqué mis comprobantes bancarios y encontré un detalle que demostraba que todo había sido planeado.

Su consejo fue inmediato.

—No confronte todavía a su madre. Primero asegure las pruebas.

Fui al banco.

Pedí cinco años de movimientos.

La suma me mareó.

Había transferido casi tres millones de pesos.

No todo era exclusivamente para Mariana. Parte correspondía a gastos de la casa y otra parte era ayuda directa para mi madre.

Pero aun descontando eso, faltaba una cantidad enorme.

El primer movimiento extraño fue una transferencia de cuatrocientos cincuenta mil pesos a mi hermano Ricardo.

Lo llamé.

—¿Mamá te dio dinero para el enganche de tu departamento?

Hubo silencio.

—Sí.

—¿Sabías que salió de lo que yo mandaba para Mariana?

—¿Qué?

Su reacción parecía genuina.

—Me dijo que eran sus ahorros.

Después aparecieron más gastos.

Un automóvil reciente.

Viajes a Puerto Vallarta y Cancún.

Joyas.

Una cuenta de inversión.

Pagos a una clínica estética.

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