—Soy tu padre.
—Y yo quiero gastar mi dinero, papá.
Nos reímos.
Después fuimos a su departamento.
En la cocina vi una canasta.
Pan.
Fruta.
Chocolate.
Galletas.
Mariana notó que estaba mirándola.
—Todavía me gusta tener comida visible.
—Está bien.
Abrió un cajón.
Estaba vacío.
—Mira.
Sonreí.
Ya no escondía nada.
Nos quedamos en silencio unos segundos.
Entonces me preguntó:
—¿Sabes qué fue lo peor de todo?
Pensé que hablaría del hambre.
Del dinero.
De los golpes.
Pero negó.
—Que ella te contó una versión de mí y a mí me contó una versión de ti. Y consiguió que viviéramos cinco años queriéndonos sin saberlo.
Esa frase me acompañará toda la vida.
El dinero puede recuperarse.
La salud puede mejorar.
Puedes comprar ropa nueva, pagar estudios y llenar un refrigerador.
Pero nadie te devuelve una graduación perdida.