Fui a la preparatoria preparado para regañar a mi hija por “malgastar” el dinero que le enviaba, pero descubrí que llevaba cinco años registrada como estudiante pobre. “Tu padre ya está cansado de mantenerte”, le habían repetido. No hice una escena: pedí su expediente, saqué mis comprobantes bancarios y encontré un detalle que demostraba que todo había sido planeado.

—No vuelvas a hablarle así.

Mi madre me miró sorprendida.

—¿Qué traes?

Puse una carpeta sobre la mesa.

—Cinco años.

—¿De qué hablas?

—De casi tres millones de pesos.

Palideció.

Ricardo miró los documentos.

—¿Qué es eso?

—El dinero que mandé durante cinco años.

Mi madre reaccionó enseguida.

—No todo era para ella.

—Correcto. También pagaba gastos de esta casa.

—Pues entonces no vengas a reclamar.

—No estoy reclamando el recibo de la luz. Estoy preguntando por qué mi hija tiene anemia mientras tú declarabas que vivían prácticamente en pobreza.

Silencio.

Saqué las solicitudes.

—Aquí está tu firma.

Teresa miró de reojo.

—Era para conseguirle becas.

—Declaraste que yo no aportaba dinero.

—Si la escuela podía ayudar, ¿para qué gastar de más?

Aquella frase cayó como piedra.

—Entonces sí sabías.

—Claro que sabía que mandabas.

—¿Y dónde está?

—Lo usé para la familia.

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