Cuando desapareció, el negocio se vino abajo por completo. El banco se apoderó agresivamente de nuestros ahorros, embargó nuestra casa y me dejó en la ruina, obligándome a mudar a Miles a un apartamento pequeño y deprimente.
Pero la verdadera y repugnante genialidad de su plan residía en el seguro de vida.
Grant tenía una póliza de seguro de vida principal de 2,5 millones de dólares. Pero seis meses antes de morir, había transferido discretamente y legalmente la condición de beneficiario de esa póliza a un fideicomiso irrevocable y protegido, administrado íntegramente por su turbio y agresivo hermano mayor, Robert.
Cuando Grant fue declarado legalmente muerto, no vi ni un solo centavo de esa indemnización. El dinero desapareció en el fideicomiso de Robert, supuestamente para “gestionar las deudas de la empresa”, pero en realidad, ahora lo sabía, fue a parar directamente al fantasma.
Grant no solo había abandonado a su familia a la pobreza; había utilizado de forma violenta y sádica su propia muerte fingida para financiar su lujosa resurrección.
Me quedé mirando la pantalla brillante de mi portátil.
No busqué un abogado de divorcios local. No busqué un consejero matrimonial.
Abrí un navegador seguro. Busqué la información de contacto directo del investigador principal de la División de Delitos Financieros y Fraude del FBI.
Iba a construir una guillotina federal, y me aseguraría de que “Matthew” colocara con entusiasmo su propia cabeza en el tajo.
Capítulo 3: La arquitectura de la emboscada
Cuando descubres que estás persiguiendo a un hombre que cree ser un fantasma, no usas un arma. Usas papel, números de cuenta y el peso ineludible y aplastante de la ley federal.
Durante los tres días siguientes, mis “vacaciones” en Charleston se convirtieron en una operación encubierta y altamente clasificada de recopilación de inteligencia.