Y cuando llegó el momento de despedirnos, Bruno estaba allí contigo.
Sé que suena extraño, pero sentí que podía confiarle algo.
Cuidarte.
Él es el último ser de esta casa que todavía recuerda nuestra vida exactamente como fue.
Por favor, trátalo bien.
Te quiere más de lo que tú podrás recordar algunos días.
Yo también te quiero.
Tu Elena.”
Durante varios segundos no pude moverme.
Bruno.
El perro que acababa de expulsar de la casa.
Mi perro.
El perro de Elena.
El animal que había permanecido junto a ella durante sus últimos días.
Miré la puerta.
Recordé sus ojos.
No había intentado morderme cuando lo sujeté del collar.
No se había resistido.
Simplemente había aceptado que lo echara.
Porque confiaba en mí.
—Bruno…
Me levanté tan rápido que casi perdí el equilibrio.
—¡Bruno!
Fui hasta la puerta.
Mis rodillas protestaron.
Mis dedos no conseguían manejar bien el seguro.
Finalmente abrí.
El perro estaba allí.
No había huido.
Ni siquiera había bajado hasta la banqueta.
Se había quedado cerca de los escalones, acurrucado, esperando.
Esperándome a mí.