Había salido a comprar carne para la cena.
Era martes.
Los martes cenábamos juntos, veíamos las noticias y discutíamos sobre cualquier tontería hasta que alguno de los dos terminaba riéndose.
Así había sido siempre.
O al menos eso creía.
Me volví hacia la sala.
Algo estaba mal.
No sabía qué.
El aire olía a polvo y madera vieja. El sofá tenía una manta que no recordaba. La alfombra estaba gastada en algunas partes.
Fruncí el ceño.
Yo estaba seguro de que Elena la había comprado hacía poco.
Caminé hasta el espejo del pasillo para acomodarme la camisa.
Quería verme presentable cuando ella llegara.
Durante más de treinta años había trabajado como encargado en una fábrica de autopartes de Querétaro. Había sido un hombre fuerte. De esos que arreglan una llave que gotea antes de que alguien termine de pedir ayuda.