Expulsó a su viejo perro de casa, pero una carta reveló la verdad que su memoria había borrado

Pero el hombre del espejo no era ese hombre.

Retrocedí.

Sentí que las piernas me fallaban.

Tenía el cabello casi blanco.

La piel de mi cara estaba cubierta de arrugas profundas.

Llevaba una camisa vieja de cuadros, no la camisa clara que juraría haberme puesto esa mañana.

Me acerqué al espejo.

—¿Qué…?

Toqué mi propia cara.

El hombre del reflejo hizo lo mismo.

—¿Quién eres?

Mi voz salió débil.

Me giré rápidamente.

—¿Elena?

Nada.

—¡Elena!

El silencio de la casa se hizo enorme.

No había sonido de cazuelas.

No había música en la cocina.

No había pasos.

Entonces recordé al perro.

Aquel animal viejo llevaba todo el día siguiéndome.

De la cocina a la sala.

De la sala al pasillo.

Sus uñas hacían un pequeño ruido contra el suelo.

Tac.

Tac.

Tac.

Cada vez que me daba la vuelta, allí estaba él.

Mirándome.

Eso me había puesto nervioso.

Yo no tenía perro.

Estaba seguro.

Elena nunca había querido animales dentro de casa.

¿O sí?

Me llevé una mano a la frente.

Me dolía la cabeza.

Necesitaba sentarme.

Fui hasta mi sillón.

En una mesa pequeña, junto a varias cajas de medicamentos, había un cuaderno grueso de piel.

No recordaba haberlo visto antes.

En la portada tenía pegado un pedazo de cinta azul.

Sobre ella, alguien había escrito con marcador negro:

LEE ESTO CUANDO TENGAS MIEDO.

Me quedé inmóvil.

Reconocí aquella letra.

Elena.

Tomé el cuaderno con manos temblorosas.

Abrí la primera página.

“Mi querido Carlos:

Si estás leyendo esto, probablemente estás teniendo uno de tus días de niebla.

Respira.

Estás a salvo.

Estás en nuestra casa, cerca de Querétaro.”

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