Expulsó a su viejo perro de casa, pero una carta reveló la verdad que su memoria había borrado

Mis ojos fueron directamente hacia el cuaderno.

LEE ESTO CUANDO TENGAS MIEDO.

La niebla volvió a acercarse.

¿Dónde estaba Elena?

¿Qué había ocurrido?

Abrí el cuaderno.

Leí solamente las primeras líneas.

“Mi querido Carlos.

Si estás leyendo esto, probablemente estás teniendo uno de tus días de niebla.

Respira.

Estás a salvo.”

Cerré los ojos.

Respiré.

Cuando volví a mirar a Bruno, él había abierto uno de sus ojos.

Su cola dio un pequeño golpe.

—Sí —dije—. Ya sé quién eres.

Bruno volvió a dormirse.

Miré el reloj.

Eran poco después de las diez.

Fui hasta la cocina para preparar café.

Al abrir el refrigerador encontré tres recipientes iguales.

Cada uno tenía una nota.

“CALIENTA ESTO, PAPÁ.

CON CARIÑO, LUCÍA.”

Me quedé mirando aquel nombre.

Lucía.

Mi hija.

Durante un momento pensé que vivía lejos.

Después pensé que quizá vivía cerca.

Ya no estaba seguro.

El teléfono sonó.

Bruno levantó la cabeza.

Contesté.

—¿Bueno?

—¿Papá?

Era Lucía.

Reconocí su voz de inmediato.

Eso me tranquilizó.

—Hola, hija.

—Llevo llamándote desde temprano. ¿Estás bien?

—Perfectamente.

Mentí sin pensarlo.

Lucía guardó silencio.

—El vecino me llamó esta mañana.

Miré hacia la puerta.

—¿Qué quería?

—Dijo que anoche vio la puerta de tu casa mal cerrada. Había tierra y hojas dentro del recibidor y tú no contestabas el teléfono.

Tragué saliva.

—Se me habrá olvidado cerrarla bien.

—Papá…

Conocía ese tono.

El mismo que Elena utilizaba cuando yo intentaba fingir que nada ocurría.

—No pasó nada.

—Podrías haber salido desorientado.

—No salí.

Miré mis pantuflas sucias.

—Bueno… casi.

Lucía suspiró.

—Voy para allá.

—No tienes que venir.

—Ya voy en camino.

—Lucía, tengo ochenta y dos años, no ocho.

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